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Lazy Town

La mayoría de los días llego a eso de las seis o siete a mi casa, cansado después de un largo día de rascarme las pelotas en el colegio, y al entrar en mi cuarto, suelo encontrarme con mi hermano de cuatro años, fijo frente al televisor, preferentemente viendo el Discovery Kids.

El programa que suelen transmitir cuando yo llego a sacarme los zapatos, es uno que me trae con una inquietud desde la primera vez que lo vi. Es tan feo, tan nonsense, tan pop, tan...feo, de nuevo...



Lazy Town, se llama.
Dios, Lazy Town, que ahora al hacer la investigación, me entero de que no es otro que el intento de un magnate de los gimnasios por subirse el ego y educar a los niños al mismo tiempo. El señor tiene de nombre Magnús Scheving y es islandés. Y los islandeses, como todos sabemos, están locos.

Los personajes y la historia se explican desde la canción introductoria, que, para los no iniciados, es algo TOTALMENTE necesario en una serie infantil. En ella se explican todos los principios básicos de la historia en general, los personajes, y porqué pasa lo que pasa, para después poder saltarse todas las presentaciones y simplemente hacer.

Bueno, resulta que la sobrina del alcalde se va a vivir a la ciudad de Lazy Town. La niña en cuestión, de nombre Stephanie, tiene un… ¿Don? Para el canto y baile, y además una cabellera rosada que le da el “toque”. Ahí hace varios amigos, todos con algún defecto estereotípico a explotar capítulo tras capítulo para que los escritores no se queden sin ideas. La niña traviesa y busca problemas, El niño que sólo come golosinas. El niño ricachón y egoísta. Y, mi preferido personal, El niño “tecnológico”, que sólo juega videojuegos y vive en su computador. Fíjense en el nombre: “Píxel”.
Un héroe, que sobrevuela la ciudad en un zeppelín azul, “Sportacus” en el original, se dedica a hacer deporte (necesita dar una voltereta mortal en el aire para desayunar) y a incentivar a los niños a hacerlo. Por supuesto, que también es partidario de la comida sana, de la higiene, y de todo lo que es bueno y bonito. Y como no podía echarse en falta: Un villano. Robbie Rotten. Que simplemente odia a Sportacus y quisiera que todos los niños se quedaran encerrados en sus casas. Vive bajo tierra, y no soporta el ruido de los niños jugando en la calle. Sus planes maléficos suelen jugarle en contra, como a todo villano de serie inocente.



Lazy Town no juega a nada. Y esa, probablemente, sea una gracia, pero no la mayor de ellas.


La serie tiene un hilo argumental definitivamente simple, y en lo que llevo como espectador, nunca he visto un capitulo que cambie ésta estructura:
-Los niños están interesados en algo. (Fútbol, El día del maestro, lo que sea)
-Robbie los ve y trata de arruinarlo todo.
-Sportacus los salva. (O, en su defecto, se salvan ellos mismos superando sus “problemas”)
-Conclusión. (“Coman verduras”, “Hay que lavarse los dientes”)
-Fin

Todo esto cargado de canciones que ya se las querrían plagiar los Focomelos. Su nonsense es absoluto. El guionista se pasa por el culo todo lo que lleva hasta el momento porque sí. Digamos, que el malo hace algo bueno. “Si él puede ser bueno-…nada es imposible!!!”

Na-na-na, bases electrónicas, mucho baile, volteretas en el aire, interrupción total de la trama. “Na-na-da es imposibleeee” Dos minutos. Y dos minutos después. Otra más de esas.



Y eso, eso es bello, de una extraña manera. Pero ahora viene el aditivo inquietante: La estética del programa. Y es que, sí, los tenía preparando para el cambio de tuerca en el post: Solo tres personajes son actores. Los demás son marionetas. Es más, Robbie, usa una prótesis de pera y cabello falso a lo Booji Boi para verse más plástico.



Todo el “look” del programa es limpio, plástico, cómo falso, totalmente irreal, y, bueno, eso estaría bien si todos fueran marionetas, pero, con los personajes live-action,...
Y un tipo que siempre le busca la quinta pata al gato podría mandarse un discursito: “Lo que pasa es que la serie tiene el punto de vista de la protagonista, quien solo ve como relevantes al héroe y al villano, viéndose ella en medio”.
Pero no, carajo. ES ASÍ PORQUE SÍ.

A mí, LT me emociona, me inquieta y me fascina a la vez. Al verlo, me siento como cuando veía “Rocko’s Modern Life”, a los cinco años, y no entendía bien las insinuaciones sexuales, pero de alguna forma las intuía, y eso me incomodaba. Esa sensación de descontexto, de entender a medias, de cómo ver algo por debajo sin saber que es, me embarga cada vez que me siento a comer con mi hermano. Él, por su parte, se declara fanático.

Menos mal que no sabe leer.

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