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Dunkin' Donuts, el salón del mal

A mi me gustan las donas. Me gustan mucho las donas. Casi no hay donas que no me gusten, todos los rellenos me parecen agradables y tengo ya varios fetiches en lo que concierne al relleno. Escribir para mi una reseña del dunkin’ donuts es como un niño escribiendo una review de Disneyworld. Quizá no tan categórico, bueno.



El Dunkin’ Donuts es uno de mis lugares preferidos porque, además de mi desmedido amor por las donas y compañía, queda en mi sector preferido de la ciudad. El DD (no, no daredevil) queda cerca del portal lyon, que es donde se cumplen todas mis fantasías respecto a comics, películas y chicas con el pelo raro. Entonces las visitas al DD se hacen obligadas para mis paseos cuasi diarios por el sector.

Dunkin’ Donuts tiene una propia atmósfera, que no llega a ser atmósfera de fast-food, pero que sin duda tiene semejanzas. Los muebles, pegajosos, de poco atractivos colores como el ocre, café claro y color vino se complementan totalmente con el uniforme de su personal: exactamente los mismos colores. (¿Iba a ser de otra forma? Pues no.)



El personal del Dunkin’. Oh, que amorosas entidades de sabiduría. Exceptuando el punto de que no suelen lavarse las manos y su tibia masa llena de pus que llamaremos caras, son personas muy agradables, entendiendo todas las reacciones de sus clientes paranoicos con temperamento violento que se olvidan de pagar a las 8 de la mañana, sus carismáticas caras al escuchar a clientes que confunden el lenguaje y les hablan en turco, sus sonrisas al verte exagerando gestualmente ante la noticia de que no hay coolattas (Si, ese día no habían coolattas. No, no podía pasar desapercibido.) Tan cariñosos con sus uni-cejas y sus peinados punk tímidamente ocultados con gorras del dunkin’ donuts.

Otra cosa que disfruto mucho de aquel antro de la perdición donesca es la música. Horribles baladas románticas de mediados de los noventa a un volumen demasiado bajo para quejarse, un perfecto aderezo para tu asquerosa dona llena de calorías. Ahora, si las baladas te dan asco, perfecto, pero no puedes negar su somnífero ataque cacofónico, frase con la que pasamos al siguiente punto: durmiendo en el Dunkin’ Donuts.

La siesta es muy importante en la vida de todo ser humano con horarios irregulares o estomago demasiado grande, suerte para mi, poseo ambos. La siesta nunca debe de ser ignorada, y siempre que se pueda, debe ser tomada o al menos uno debe rendirle tributo mediante frases como “Me estoy cagando de sueño”.

Ahora ya han sido dos ocasiones que he tenido el placer de dormir en la sede en providencia de la cuna mundial de las donuts. Y no me han robado nada, eh. El personal del DD es muy comprensible con el sueño ajeno y en vez de echarme de su local, me han retirado los papeles de mi dona “para llevar” que al final no fue para llevar y me han dejado en paz, sin siquiera robar mi lindo bolso de (supongo) algún valor comercial, totalmente a la vista. Son buenos tipos, sí que lo son. En el local hay un sillón bastante grande, para una persona, de color crema o-algo-así, grasoso y plástico, pero muy cómodo. ¿Que si les estoy recomendando dormir en el dunkin donuts? ¡Pues claro que sí! Aunque no me hago responsable si el gerente es Satanás en persona o si quien le atiende es el hijo no reconocido de Charles Manson.


es tan tierno cuando se enfada

En definitiva, vayan y desperdicien su dinero en grasa y azúcar, en donas, en las benditas donas, luz de la civilización y amor con masa. Probablemente se arrepientan, pero no me interesa.

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