LEE, TE ESTAMOS VIGILANDO

Yo, y las golosinas.

DISCLAIMER:
Éste post no pretende fomentar la obesidad como modo de vida. Tampoco pretende incitarlo a tener caries. Tampoco pretende nada de lo que su iglesia pueda creer que pretenda. Es lo que es, no hay mensajes ocultos ni mensajes neo nazis. El nick es únicamente una demostración de lo imbécil que soy para elegir nombres extraños. Diferenciarse o morir, la regla que rige la vida de la generación XXX. Ahora basta de bla bla bla y lea mi basura, carajo.


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Yo amo las golosinas, las amo desde siempre y sospecho que siempre las amaré. He aquí mi mierdosa vida con las golosinas.


Creo que todo empezó cuando era un tierno bebé. Mi madre quería que todo, absolutamente todo saliera bien con su primer hijo, por tanto, tomé pecho hasta los tres años, misma edad en que probé la azucar por primera vez. No podría decir si fue el no haberla probado antes lo que me engendró la necesidad, pero desde ahí, las golosinas se volvieron algo muy importante en mi vida.

Siempre comí golosinas, siempre ha sido algo normal en mí: alguna gente fuma, toma alcohol o otras cosas para sentirse a gusto en una conversación o durante una acción placentera. Yo, como golosinas.

En 1998 mi primera infancia se vio cortada: me iba a méxico, donde las golosinas tomaron un papel protagónico. Jodorowsky en su autobiografía hablaba de los chinos que le hicieron terapia cuando se fue de tocopilla. Bueno, yo no tenía chinos super-geniales para ayudarme, así que recurrí a las golosinas. Me volví gordo, y no me importó. Hay gente que come mucho por problemas emocionales, porque no pueden sostener sus vidas por ellos mismos, de igual manera que otros se aferran a religiones (tan sabiamente llamadas "aspirinas metafísicas"), vicios, o oficios.

Lo que era yo, nada de eso: lisa y llanamente el placer del azúcar.

A veces me pregunto "¿Será la azúcar una droga?" En los programas de "No a las drogas" que cada cierto tiempo nos hacen en la escuela siempre nos dan una totalmente inútil y incompleta lista de drogas legales e ilegales. En las legales aparecen: alcoholes, cigarrillos, café. A veces más, a veces menos, el punto es que el azúcar no aparece. El azúcar, comprobado por mí y algún cientifico universitario muy ocioso, te pone eufórico, como el oxígeno, vaya.

En México, fui sobreprotegido. Con mucha razón, claro. No podía salir sólo, todos los encuentros con amigos eran en sus respectivas casas, etc.

Ante ésto, sólo podía comer golosinas. Y, carajo, las golosinas en méxico son picantes o agridulces, en raras ocasiones son sólamente dulces. Estaba malditamente jodido, porque ahora, siete años después de ésta experiencia, en chile, sólo puedo comer chile piquín. Y si como mucho necesito tomar agua. Soy una mierda.

Aún así, la selva de los dulces méxicanos es alucinante, como casi todo allá, claro. Probé dulces increíbles, con estampas de cada personaje de la tv, con los sabores mas extraños, me enchilé numerosas veces con dulces sin una leyenda adviritiendo, comí dulces dentro de envoltorios dignos de un review de abscence, comí y comí y cuando pienso en esto pienso en esas películas de las vegas, donde el protagonista mira hacia arriba y aparecen las imágenes de los casinos o lugares célebres sobrepuestas con alguna canción mala, sólo que con dulces, como diapositivas con mi vida con las golosinas.

En México me volví un experto, experto entre comillas, pero aún me quedan años para aidestrarme en reconocer los colorantes y preservativos químicos en las variedades de gomitas.

Dos dulces acapararon el resto de mi vida en la apacible colonia condesa:


Las velitas. Maldición, las velitas. No sé si es que no estoy acostumbrado a tomar mate o si efectivamente me duele el estómago al pensar en ellas. Velitas. Maldita sea. Éstas golosinas consisten en un tubo de plástico, no muy largo y menos ancho que un dedo chico de la mano (creo que es llamado anular, pero no quiero arriesgarme). Éste tubo viene relleno de gelatina de leche, de sabores Amarillo (Vainilla), Rosado (Fresa) y Blanco (Supongo que simplemente azucar. En verdad no sé). Por los extremos, están cubiertos con azucar y para comerlos, hay que morder la velita introduciéndola a la boca, dejando una parte afuera, que una ve mordida debe ser retirada hacia atrás con la mano, estrayendo el preciado relleno y dejando restos de inservible plastico para forrar cuadernos. Si es usted un junkie de las velitas, puede cortarlas lateralmente con tijeras y lamer los restos, que mezclados con su propia saliva pueden resultar o muy apetitosos o una puta mierda.
Dentro de las velitas existen dos subgéneros. Mis preferidas, las de leche, que ya han sido comentadas y las de agua. Las de agua tienen sabores de, gelatina de agua, obvio. Si no me equivoco los sabores eran Verde (Limón), Naranja (Naranja, duh.) y creo que rojo pero no quiero arriesgarme. La verdad éstas sólo las compraba cuando no habían de leche.


Durante dos o tres años, religiosamente, asistía al "Tianguis" a comprar mis velitas con mi amable vendedor de dulces, con el cual conversaba y siempre me ofrecía sus últimas novedades. Las velitas son un obligado a traer para cada conocido que viaje a México. Les hago encargos grandes, como entre 60 y 100 pesos en velitas (cada una costaba 50 centavos). Me gustan los tianguis. Quizá un día escriba sobre ellos, sobre los tacos de carnita, las naranjas jugosas, las camisas de futbol y los cd's pirateados.

El otro dulce eran los PEZ dispenser. Que son gringos, si, pero en México estaban y los compraba y juntaba y tenía una colección. Estaban en los OXXO, a un precio accesible (15 pesos) tengo una colección de mas o menos 30 en alguna caja del segundo piso. Me encantan los pez. Hace poco visité una juguetería de centro comercial y vi pez. Desgraciadamente estaba fuera de capital. Pero cuando me pasee en esos vomitivos lugares que son los malls, seguro me compraré otro.



Si bien ya era un tierno niño rellenito, cuando la gallina de huevos de oro en que trabajaba mi papá estiró la pata, ahí si que me rellené. Estuve seis meses sin ir a la escuela. Sí, seis meses, leyendo literatura infantil, aprendiendome de memoria la programación de las caricaturas (Soy capaz de citar capitulos de gran parte de los cartoon cartoons con nombres), y claro, ahí empezó mi cercanía con la gente más grande que yo. Al no ir a la escuela, y al estar todos los días haciendo cajas (dada nuestro eventual regreso a Chile) estaba sin compañías de mi edad (generalmente) ante ésto se me presentaron los amigos de mis padres. Adultos jóvenes con pasión por la música y el diseño, que solían hablar conmigo, y que además, ¡Veían caricaturas!, con ellos podía hablar de caricaturas, de pez, de música, de muchas cosas, pues. Incluso en nuestra última semana en la tierra azteca nos hospedamos en la casa de unos amigos adorados, y dormí en un sofá, viendo Hora ACME, con mis maletas hechas, bajo la sombra de un poster de "A clockwork orange" que adornaba la pared. Lógicamente era muy peque para saber qué película era esa.

Al volver a Chile, me reencontré de golpe con una realidad perdida: papas fritas dulces. Teóricamente son suffles, pero son de las marcas de papas fritas, así que al diablo. Durante cinco años había vivido en un mundo de papas fritas picantes, y ahora me encontraba con todas esas basuras llenas de colorantes que había extrañado tanto. Mi reencuentro con el país natal, durante los primeros meses, fue lluvioso y azucarado. Me dediqué a probar todos los dulces de la fauna caramelística que había cambiado tanto (o bien, no lo recordaba). Mi reencuentro fue cursi y muy dulce. Los chilenos tenemos más azucar en los dulces que los mexicanos. Esque los méxicanos son más creativos, usan otra clase de sabores. Recuerdo una vez haber comido un pastelito de chocolate con una OSTIA encima. Sí, una OSTIA. De las que te da un gordo vestido de negro cuando vas a visitar a jesús. Pero esa no es la mejor parte, en la ostia, con colorantes vegetales, había, impresa, una imagen de Digimon, la serie infantil de turno. Y Gloria Trevi es satánica. Y Pikachu también.




Hasta la actualidad consumo muchas golosinas, pero ya no soy gordo, sólo tengo una panza común, de productivo buen ciudadano.

Las golosinas me han acompañado toda la vida. No hay motivos para que pare de ser así.

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