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Berlín

Cuando mi mama oye que yo estoy escuchando música de los ochenta (léase Siouxsie, Bowie, The Cure, The Clash, Joy Division y un largo etcétera) Suele contarme sus historias de estudiante de sociologia de los ochenta en Berlín, de su vida como hausbesetzerszene (Se pronuncia Hauspesetze) que quiere decir "Okupa" en español.

Si, mi mamá se tomó una casa de la RDA con un grupo de punks y vivió ahí por tres años. Durante toda la década fue de casa ocupada en casa ocupada.

Mi mamá rockanroleó por la vida. Y me cuenta sus historias de chicas con el pelo fucsia y yo la oigo atentamente, y cuando termina me compra caramelos.

Éste hábitat tan particular lo imagino como recuerdo yo a Berlín. Mis recuerdos son bastante vagos, claro, estuve casi seis veces allá, todas antes de cumplir los seis años. Entre 1995 y 1996 vivimos varios meses allá, hasta que decidimos que estabamos muertos de frío y que Alemania se fuera al carajo.

Mis recuerdos de ésta ciudad son siempre de noche o nublados. Más que nada de noche. Muy abrigado, con luces de colores que se pierden en una calle ancha llena de edificios altos, cruzando la calle para tomar algo caliente y comer un dulce.

El Berlín de los ochenta me lo figuro así mismo. Imagen aumentada aún más por mi reciente incursión en la obra de Wim Wenders. Y con más ruido, claro.

El Berlín de hace 20 años construido en mi cabeza tiene mucha semejanza con los cuentos infantiles, o de piratas. Alimentado únicamente por el relato oral, uno puede tener una idea totalmente distinta de lo que es en verdad. Y si mi idea está distorsionada, me gusta más aún.

Hay anécdotas del Berlín inexistente que amo. Como aquella vez cuando mis abuelos fueron a visitar a Pablo (el hijo punk con una montaña de cargos en su contra) y mientras tomaban un café en la cocina apareció una chica en pijama, con el pelo fucsia y enorme, que se sentó a comer un pan. Repentinamente, un enorme ratón blanco salió de la manga de su pijama a posarse sobre su cabeza. Y la chica, absolutamente ausente, le ofreció el resto de su pan y bostezó.

El nombre de esta chica (que me imagino como el amor de mi vida) no lo recuerdo, pero el ratón se llamaba Henri y la acompañó durante siete años de su vida.
Ella terminó siendo cajera de supermercado en los extraradios de la ciudad.


Hay muchas historias así, que van completando el Berlín de mis sueños, el Berlín donde dos gemelas gordas multimillonarias compraron un edificio de departamentos entero para traer a los hausbesetzerszene que mejor les caían, trayendo como consecuencia que una de ellas tuviera mellizos afro-americanos y fuera desheredada.

Me encanta creer en Berlín como un lugar donde podías creer, ser, vivir, crear, imaginar, y hacer todo lo que quisieras y donde colectivamente la opinión adulta importaba un comino.

Realmente, me gustaría vivir en Berlín. Si supiera alemán, claro.

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